"¡Ascensor subiendo!",
nos ha informado el aparato a los tres o cuatro que hemos entrado en la planta baja. "Pero qué majadería", he pensado al momento, "ya sabemos cada uno a qué piso vamos, ¿no?" Pero unos segundos después he caído en que el ascensor daba aquel aviso con razón. Tan raudo y perfecto era su vuelo, que no se percibía si subíamos o bajábamos, yo me notaba suspendido en el vacío, con una ingrávida sensación de vahido, como en navegación aérea. Son inquietantes estos ascensores de última generación. Se paran a veces en una planta, abren por su cuenta las puertas, pero nadie entra ni sale, a no ser unos seres fantasmales, ultramundanos, de los que sólo tuviera visión el ascensor, tan inteligente y parlante.