Acababa de encenderse el verde para los peatones, que empezaban a cruzar; a mi me faltaban unos veinte o veinticinco metros para llegar al semáforo. En otro tiempo, no hace tanto, me habría dado una jubilosa carrerilla. Ya no, prefiero llegar pausadamente y esperar a la siguiente señal; no tengo prisa, no me apetece correr. Adónde y cuándo se fue aquel brío, aquel alborozo, me pregunto mientras empiezan a caer unas gotas. Al rato el aguacero arrecia y abro el paraguas, y en seguida noto el repiqueteo de la lluvia sobre la tela-vivo, alegre, jubiloso, una música de antaño.
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