En el parque los senderos se van cubriendo de hojas secas de los castaños de Indias. Rizadas, quebradizas, crujen y se se deshacen bajo las suelas de los paseantes. Se ven palomas de distinto plumaje, algunas urracas, algún mirlo. Chorrean monótonamente las fuentes. Se desfogan por aquí y por allá tercos gimnastas y se entrecruzan ciclistas sin meta y sin prisa. Y en cada glorieta, en cada encrucijada, sonríen escépticas las estatuas.