"¡Ayuda, ayuda para comer! ¡Ayuda, ayuda, para comer, ayuda!"
Están a las puertas de los supermermados, en paradas de autobuses, a la entrada de bares y cafeterías y otros establecimientos concurridos. Son jóvenes fornidos de raza negra. Ofrecen un número de La Farola y vocean con apremio, con insistencia y con un deje de desencanto. Expusieron sus vidas para alcanzar la orilla de la prosperidad, cumplieron un sueño, lograron invertir el destino que les confinaba en el tercer mundo, pero arribados al primero, su condición es la de marginados, sin derechos de residencia y de trabajo, a merced de que alguien les emplee clandestinamente para faenas que los nativos no quieran hacer. Han puesto pie en el paraíso, pero al paraíso no pertenecen. Otra odisea les queda por delante.
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