30-11-08
Proceden al parecer de Polonia, Rumanía, Bulgaria, Ucrania.
Empezaron a aparecer en el metro y en sus estaciones y en las de autobuses.
En las terrazas de las cafeterías fueron rondando cada vez más, y en las esquinas de las calles, sobre todo en cruces estratégicos, su presencia es ya constante.
Qué vacío melódico deben estar sufriendo los países de origen con la emigración de sus músicos callejeros a países como España. Qué grisura y qué desanimación debe reinar en sus calles, plazas y lugares públicos.
Con la música a otra parte se han venidos estos aguerridos intérpretes, que ahora en las frías horas de noviembre tocan sufridamente algún instrumento.
Tenazmente tratan de ser premiados con unas monedas en un país muy poco apreciativo de la música, y concretamente de estos conciertos callejeros.
Personalmente me gusta escuchar música, pero cuándo y dónde me encuentro con ánimo y disposición para ello. Cundo camino por la calle, enredado en el ir y venir cotidiano, con la mente puesta en gestiones y quehaceres, no estoy para músicas, la verdad.
¿Cuánta gente se siente como yo? No tengo manera de saberlo, pero yo veo que estos hombres se afanan y porfían, y veo sus cestillos muy vacíos.
"Este no es país para músicos callejeros", se podría parafrasear quizá.